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Playas del Perú:
  Artículo en línea - Ecos del Surfari al Norte


Ecos del Surfari al Norte



El conocimiento que tienen los tablistas, acerca de las bravezas, de los oleajes y de las corrientes, no admite comparación alguna.
Estamos sentados como promedio una hora al día, con las piernas metidas dentro del mar, las mismas que fungen de sensores, que reportan permanentemente la frecuencia del vaivén del mar, la temperatura y dirección de las corrientes, de la misma forma como la piel descubierta fuera del agua es el sensor de la temperatura, fuerza y dirección del viento.





Esa información se va mezclando con la trasmitida por el resto de los sentidos, con registro preciso incluso de los datos únicos, por ejemplo aquella única vez que la espuma de las olas, tenía un color que era resultados de la mezclas del verde botella amarillo fosforescente con el verde psicodisléptico.
Todo es depositado según su naturaleza, las informaciones verbales se ensamblan genéticamente a las emociones de miedo, peligro o éxtasis y se procesa lentamente por la gigantesca computadora del cerebro, produciendo día a día, una arrogante capacidad predictiva sobre el mar: el lugar donde uno debe empezar a remar a la ola, la velocidad del curso de la misma así como la de su caída y el momento en que se cierra.
Se queman en cada sesión completa con 2 o 3 entradas al mar, un promedio de 1000 calorías, la taquicardia es constante, la adrenalina y las hormonas del placer están al full. Las enfermedades alérgicas mueren en el mar.
Los errores son tan caros y numerosos, que los tablistas son señalados como los deportistas con el corazón más valiente. De ahí la leyenda que cuando los de la NASA pensaban en escoger a mortales con gran control del miedo para sus proyectos, pensaban en tomar en consideración muy seriamente a los tablistas de ola grande.
El no caerse nunca de la tabla solo documenta que uno no está tratando de mejorar las destrezas.
La vocación por registrar olas, se expresa incluso cuando en el cine, al ver una escena de amor en la playa, inevitablemente vamos registrando, las olas que se ven detrás de los besos, para especular acerca de si dichas olas se podían correr o no.

Cuando el tablista ve una tempestad terrible en una película, sólo piensa como es que se le podría correr, siempre cree que hay una forma de hacerlo, además de valiente tiene el corazón optimista.
Cuando las tempestades asolan las costas, la gente huye a la parte de adentro, los tablistas no quieren por nada del mundo perderse esa "crecida".
Las 250 variables que intervienen en la formacóón de una ola, se calcula que van a terminar de procesarse en 5 años en las computadores más rápidas que existen, razón por la cual, el conocimiento de los tablistas del mar, no lo tienen los oceanógrafos, ni los capitanes de los barcos, ni lo transmiten las boyas a los satélites, ni son procesadas por las computadoras.
Los antiguos que pasamos los 50, estamos siempre atentos a ver quien es la persona de mayor edad que sigue corriendo aceptablemente por lo que tenemos casi la certeza que nos quedan 3 décadas más por delante.
Mi hijo mayor que frisa los 24 años, Ingeniero de sistemas en California, me dice en cuanta oportunidad puede que lo que más me agradece de todas mis enseñanzas (un choclón de valores) es que lo haya hecho tablista... Y me lleno la boca diciendo que corre mucho mejor que yo (Papá me dice, en California irse a correr tabla a México es como en Lima irse a Puerto Viejo...) Las pasadas navidades hicimos norte por la Panamericana con el mencionado Felipón y el 2do de mis hijos el Rodrigo (de 9 años) quien aunque todavía no ata ni desata en tabla, tiene registrado en su inconciente las campanitas de las orillas de Redondo y Puerto Viejo que lo hacía correr cuando frisaba de los 3 a 5 años, gritos menos y éxtasis mas, en esas tablitas anaranjadas huecas (que las sacó inicialmente Fanta creo).



Rodrigo (3 años) en Redondo

Así que el surfari le serviría para reforzar su inconciente y que lo pueda tomar por asalto dentro de unos años y... un tablista más para el mundo...
El Rodrigo se había empollado el mapa, y no paraba de preguntar que cuando llegábamos a Ancash, cuando llegábamos a La Libertad... El Felipón amenazaba con llenarme el viaje con sus cds de música Trance, felizmente que le pude extraer de su colección unas joyas de Pink Floyd, Bob Marley, etc y de la mía lo hice digerirse completita la Bohemia de Puccini.
Como nuestro anhelado destino Puerto Malabrigo (Chicama) no tenía la crecida predicha por los satélites, decidimos establecernos en Huanchaco la playa caleidoscópica de Trujillo, con sus innumerables points que se corren según el tamaño de la crecida y la altura de la marea, conocimientos que los lugareños nos transmitían generosamente.

El primer día nos hospedamos en una Hostal aceptable, pero el Felipón me animó para alojarnos en la casa pensión de un trujillano por unos irrisorios soles al día con cochera y servicios de parchado de tabla incluidos. Igualmente pasamos a nutrirnos donde una simpática colombiana que daba menú riquísimo completo a 4 soles, ya en confianza me había contado que se había divorciado de su esposo colombiano no hace mucho, a lo que yo le observé que en estos tiempos tan difíciles para todo, solo se justificaba el divorcio si el marido era drogo, o narco o marica o mal padre y ella me confesó que su esposo era de todo un poco.
Nos las pasamos tan estupendamente que el Rodrigo se envalentonó y se fue a la playa de tal manera que se perdió, cuando salimos de correr con el Felipón medio Huanchaco nos contaba de la pérdida del vástago y así como de su última ubicación... donde estaba lloroso acompañado de otros dos papás tablistas muertos de risa, ya que en Huanchaco todos se conocen y éramos los únicos limeños en la playa...

El muy buena gente, dueño de la pensión, tenía un par de perros que eran como los mozos, porteros y guardianes. La rutina del dueño de la pensión, consistía en tomar su desayuno, fumarse su pipa de la paz, correr tabla, almorzar, fumar otra pipa de la paz, correr tabla, ducharse, luego se ponía a leer, cenaba, su última pipa de la paz, luego se acostaba. Esta rutina la llevaba al parecer muchos años, al punto que los marcianos lornas y aburridos tendríamos que ser los otros.
La delicia de correr la misma ola que el hijo, junto con pasarnos tres días corriendo todos los points de Huanchaco, pasear por el muelle y la ciudad, conversando con los lugareños y de extranjia (un californiano nos enseñó una pastelería donde vendían pasteles de manzana deliciosos) fue una vez más para nosotros, un recuerdo en que consolidábamos nuestro amor a la naturaleza y al deporte, ritual que tuvo su iniciación cuando el Felipón tenía 4 años y lo sujeté a mi espalda y en la orilla de Malabrigo corrimos a la mala echados sobre mi tabla, una ola chica y larga mientras gritaba como descosido: ¡Quiero a mi mamá! ¡Quiero a mi mamá!...

Ah, la última, el dueño de la pensión el día que ya nos íbamos, se enteró que era psiquiatra y me dijo que justo andaba buscando uno, a lo que con el carro ya encendido le di mi tarjeta y le dije que me llamase cuando quisiera, ya que cuando corría tabla no ejercía...

Dr. Jaime Arias C








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