Perú Azul
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recorriendo el amazonas con gabriel


" A dedo por el Ecuador "

Ya casi en Latacunga podían verse algunos nevados y una pequeña ciudad a lo largo de la carretera. Aquel día no sé cuántos vehículos de distintos tipos (carros, camiones, camionetas o motos) se detuvieron hacia su derecha a recoger a quien sabe quién tirando dedo por la carretera Panamericana en el Ecuador. A eso de las 11 de la mañana la carretera estaba vacía, ningún auto pasó por ahí en por lo menos una hora de las tres que estuve caminando y estirando el dedo, tratando de pescar a alguien que me jalara un poquito más hacia el sur.

Y eso es viajar así; es como salir de pesca, expandes las redes o tiemplas las líneas de anzuelos así como estiras la mano derecha y levantas tu pulgar, puede que algo caiga como puede que no, sin embargo definitivamente no puedes dejar de hacerlo si de ello depende tu supervivencia y el regreso a casa. Así me sentía yo, a veces con las redes llenas, montado sobre los bultos de un camión de carga o con las sacudidas de una pick-up muy trotona; y a veces con las redes vacías, caminando al lado de la carretera, siempre hacia el sur esperando que alguien pare a llevarme. Pero estando con las redes llenas o vacías no podía quejarme de ninguna manera; por fin estaba por encontrar aquello que tanto había buscado a lo largo de todo este viaje; la libertad.

Tenía suficiente dinero como para comer y en el mejor de los casos pagar un hotel barato en alguna ciudad, si de casualidad me caía la noche encima cerca de alguna, si no, las estrellas siempre eran un buen techo debajo del cual cobijarse. Conocí a mucha gente, algunas personas más amables que otras. En ciertos casos sólo me llevaban, en otros compartían conmigo mucho más que eso, la comida que llevaban, si tenía suerte un poco de cerveza, costumbres, penas de amor, en fin. Solo Dios sabe, aquello era vivir de verdad, aprendiéndolo todo a mil por hora, y sacándole el jugo a cada segundo como si fuera el último que me tocaría vivir.



Así pase Latacunga, y pase Ambato (una ciudad horrible por cierto), varios pueblitos más en los que me dejaron algunos choferes y un par a los que tuve que llegar caminando desde la carretera, para luego llegar a Riobamba, pasando antes por una puna preciosa, adornada con las nieves de un volcán (si mal no recuerdo era el Cotopaxi, aunque no estoy muy seguro), extensas praderas amarillas y algunas veces la bruma que parecía surgir del suelo, una casita en la cima de una colina y muchas cosas hermosas más.

Al anochecer, el chofer me dejó en las afueras de Riobamba, una hora para caminar hasta el centro. Aquella ciudad me hacía recordar al Huancayo de hace 15 ó 20 años aunque un poco más cuidada. La mañana siguiente partí hacia Cuenca, de nuevo muchos vehículos se detuvieron y me jalaron, 15 horas tirando dedo, esa es la distancia entre ambas ciudades.

Cuenca era precioso, todo muy colonial, calles empedradas, una catedral del tamaño de la mitad de la ciudad, mercados de flores y de artesanías, una campiña atravesado por un río, en fin, ya no me acuerdo cuántos días me quedé, habrán sido 4 ó 5 y casi termino de gastarme allí todo mi dinero; cuando me di cuenta de eso también pensé: ya es hora de volver, aunque sinceramente no me queria ir, de nuevo a tirar dedo y por la tarde ya estaba en la frontera, sólo había que cruzar un puente y llegar a Tumbes, y así lo hice por la mañana, me metí a la iglesia, todo estaba muy callado, y me puse a escribir.

A lo largo de todo esta aventura la suerte nunca dejó de sonreirme; como dice Paulo Coelho: "cuando decides perseguir un sueño, cuando hay cosas que deseas con toda tu alma, tanto que estás dispuesto a dejarlo todo por ellas, el universo entero conspira para que las consigas".

Después de momentos buenos, malos y difíciles, lo había logrado; casi un año atrás, algunos amigos se habían reído de mí cuando les conté que navegaría el Amazonas, recorrería prados, valles y montañas y media América del Sur. En ese momento no tenía ni un duro partido por la mitad, pero sentado en aquella iglesia de Tumbes ya había hecho todo eso, pero no había en aquel momento, y supongo que en ninguno, satisfacción más grande sobre la tierra que la de haber realizado un sueño.

    


Gabriel Arriarán
gabrielarriaran@yahoo.com