|
" Otavalo... on the way "
|
|||||||
Al día siguiente de haber paseado por Quito, dejé parte de mis cosas en el albergue, la ropa que había lavado y que aun no estaba seca, así como una pequeña carpa que llevé a lo largo de todo el viaje y que aun no había utilizado. Ya con la mochila más liviana me dirigí hacia las afueras de Quito en un bus que cruzaba la Av. 9 de agosto, bajándome en el terrapuerto. Luego de averiguar algunos precios me subí a un bus rumbo a Otavalo, 13000 sucres me costó el pasaje, o sea como uno de los tres dólares que llevaba conmigo, puesto que el resto de los pocos dólares que tenía los dejé en el albergue junto con parte de mis cosas.
Otavalo se encuentra aproximadamente a 100 km. al norte de Quito, y por la carretera Panamericana es la penúltima ciudad (la última es Ibarra). Sin embargo Otavalo también es el nombre de un grupo étnico, los otavalenos, prósperos comerciantes de artesanías que han sabido adaptarse muy bien a las exigencias de la vida moderna sin olvidar sus raíces ni su identidad. Al llegar a Otavalo tenía entonces 2 billetes de 1 dólar y ningún sucre, así que lo primero que tuve que hacer fue caminar a la ciudad, ya que por una distracción el autobús paro un par de km. más al norte de donde hubiera tenido que bajarme. Al entrar al Banco del Pichincha me quedé sorprendido con el espectáculo; las cajeras y cajeros, así como los administradores vestían a la usanza tradicional en vez de ternos. Ellas con sus amplias polleras adornadas con encajes de colores, un tul celeste y un par de largas trenzas muy bien peinadas debajo del sombrero, ellos, con pantalones negros y camisa blanca, algunos con zapatos otros con sandalias, y una trenza peinando los pelos largos que caracterizan a los otavalenos. Era simpatiquísimo, al igual que el trato de la gente. Una vez cambiados el par de dólares, pasee un poco por la ciudad, muy limpia y ya bastante modernizada, por el mercado artesanal y todo eso. Averigüé ahí, por una viejita, que a pocos kilómetros había un pueblo, Peguche, que era en el que en realidad se fabricaban todas las artesanías, y justo aquel día estaban celebrando a su Santo Patrón. Me puse a caminar; "sigue las vías del tren", me dijeron, y poco después de salir de la pequeña ciudad encontré la Escuela de Antropología del lugar, no pude resistir la tentación y entré, no había nadie, 10 minutos después salió uno de los profesores y luego de preguntarme que quería empezamos a conversar, finalmente me dijo que había conocido al padre Marzal, un profesor mío de antropología en la Católica de Lima. Luego de despedirme seguí caminando rumbo a Peguche, era un día soleado y bueno, al llegar me encontré en un pueblito más de los andes, muy bonito, y justo en la plaza estaban las dos comparsas formando, cada una, una fila y bailando, mientras las campesinas ofrecían, en quechua, chicha de jora y aguardiente así como papas sancochadas y maíz.
Finalmente, ya de regreso y buscando un poco de pasto seco en donde tumbar mi bolsa de dormir, me encontré con una joven pareja y su único hijo, de aproximadamente 3 años. Es una lástima que no me acuerde de sus nombres, pero eran lo bastante peculiares como para dedicarles un poco de espacio en este artículo. El era argentino, de la misma Patagonia, y ella mexicana, se habían conocido en México y ahora en Ecuador se compraron un autito y tenían planes de seguir marcha por carretera hasta la Argentina, el padre del argentino lo había abandonado hacía 13 años y ahora iban a reencontrarse para conocer y enseñar al nuevo vástago. Me invitaron a colocar la bolsa de dormir al lado de su auto y de la carpa en la que dormían. "Bestial", dije, ya estaba por dormirme cuando la mexicana se me acerca y me invita a una de las casas que había por ahí cerca. Me levanté y la acompañé, al entrar encuentro a su novio, a otra pareja de viajeros artesanos argentinos y a un par de amigos chilenos. Bebimos un poco de vino y comimos pan con huevo revuelto y tocino, realmente lo necesitaba, pues no recordaba haber almorzado aquel día y me moría de hambre. Ya como a las 2 de la mañana todos se fueron a dormir, y yo me metí dentro de la bolsa de dormir. Aquella era una noche fresca, algunas nubes, sin luna y muchas estrellas. Que felicidad!, no necesitaba absolutamente nada más, y mientras la suave brisa fría de la noche serrana agitaba las ramas y las hojas de los árboles de aquel bosquecillo de forma bastante macabra, yo me iba quedando dormido, olvidándome un poco del frío y de aquel día.
|