|
" Las cosas que suceden en Santa Elena de Uairén "
|
|||||||||||
Una tarde salí desde Boa Vista hacia Santa Elena de Uairén, en Venezuela. Nuevamente tenía que tomar un bus para llegar a la frontera y la carretera pasaba por un puentecito muy simpático por encima del Río Branco en donde algunos grupos de viajeros se paraban a tirar dedo.
William era algo mayor que yo, creo que tenía unos 25 años si no me equivoco, y había estado paseándose por América del Sur por unos cuatro o cinco meses. Si sales de viaje actualmente se tendría que ser ciego para no ver la cantidad de jóvenes que también viajan, sobre todo europeos, norteamericanos, y a veces chilenos y argentinos, y pese a que me parece muy bien, también me da un poco de pena. Pena porque en países como el Perú son muy pocos los jóvenes que tienen la oportunidad de viajar, y más pena aún al ver jóvenes que teniendo la oportunidad de viajar no tienen el valor para hacerlo y prefieren quedarse estancados en pequeños agujeritos seguros en donde el impulso vital se apaga poco a poco en cuerpos jóvenes con almas viejas.
Mientras caminaba con la pesada mochila y podía presentirse que una fuerte lluvia caería, paró al lado mío una camioneta, una Bronco de esas antiguas de color marrón y con lunas polarizadas. Y estos quiénes serán, fue lo primero que me pregunté mientras la ventana del auto empezaba a bajarse y la cara morena de una chiquilla venezolana simpaticona me decía hola y su amiga copiloto sonreía. - "Hola" - respondí (¡¡¡Gracias Dios!!!). - Y me respondió - "¿adónde vas?". - Ya sabía que estaba yendo a la Casa de Gladys pero no tenía ni idea en donde quedaba pese a que el pueblo era muy chiquito. - "Sube que yo te llevo" (¡¡¡Gracias Dios!!!), "Gladys es mi tía". - "Bueno pues, abre la maletera para guardar la mochila ahí." Me subí en la Bronco justo cuando la lluvia ya estaba desatada, y en menos de lo que dura una canción de Roxette, ya habíamos llegado. Me recibió Gladys con esa sonrisa suya tan hospitalaria, y mientras me explicaba los tipos de habitaciones y servicios que podía recibir, fuimos pasando a su casa. Al final, ni cuarto ni servicios, dame una cama cualquiera, la que sea que ahorita, 1500 bolos (bolívares), luego el duchazo y el plato de tallarines rojos que me cociné, para caer seco como un tronco. Pero fue una siestecita nomás, las risas y las conversaciones del comedor del jardín me despertaron. Era una casa de campo grande y muy bonita, de forma cuadrangular y con un jardín al medio. En uno de los costados del jardín estaba el comedor, una mesa larga de madera sólida y un par de bancas del mismo largo encima de las cuales siempre estaba sentado algún viajero. Un poquito mas allá la pequeña cocina en donde podías preparte tu propia comida.
Es increíble como te encuentras a lo largo de viajes tan largos en distancia y a veces en tiempo, con las mismas personas, a algunos de ellos ya los había visto rondando por las calles de Manaos y Boa Vista aunque aun no los conocía. Ellos también me reconocieron, a sentarse a la mesa a tomar un tintorro mientras llegaban un par de alemanes con varios pares de cervezas y una alemana con pinta de hippie, ¡¡llevaba viajando 7 años!! Y se mantenía haciendo y vendiendo artesanías. Para quitarse el sombrero, (aunque yo no lo use). Fueron llegando algunas personas más, entre ellas la sobrina de Gladys y un par de sus amigas, mientras sacaban otra botella de riojano y los alemanes abrían cervezas por todos lados. Lindo ver como un grupo de personas de nacionalidades y culturas tan distintas entre sí se comunicaban perfectamente, estoy seguro que si toda esa cuestión de las auras existe, aquella noche, las auras de todos nosotros habrían tenido el mismo color.
|