Perú Azul
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recorriendo el amazonas con gabriel


" Buen Viento y Boa Vista "

Despedirme de Manaos, de Armando Cárdenas y su familia fue realmente una pena. Y sentía pena porque, pese a dejarles mi dirección y mi teléfono en Lima, sabía que lo mas probable era que no los volvería a ver. Mientras Armando ponía clandestinamente algo de comer en mi mochila, sus hijos desfilaban uno por uno para la despedida.

Al cruzar la Av. Itaúba y tomar el bus a la Rodoviaria ya nuevamente estaba por mi cuenta. Llegué a la Rodoviaria y compré mi boleto para Boa Vista, 12 horas en bus cruzando una reserva natural que no alcancé a ver por la oscuridad de la noche. Pero lo que sí vi fue una luna llena preciosa iluminando mi lado de la ventana. Supongo que algún día escribiré algo acerca del sentido estético de la vida y digo esto, porque estando frente a un bosque de piedras a más de 4000 metros de altura, sentado sobre una piedra esperando al bus que me lleve a la ciudad más cercana para mandar por mail este artículo, me doy cuenta que es imposible cerrar los ojos y no sentir un bichito en el pecho frente a la belleza que nos rodea. Aquella luna llena enorme cuya luz se difuminaba en la neblina de la selva definitivamente me estaba diciendo algo. No podría decir exactamente qué; los caminos están siempre llenos de señales y la vida no es la escepción.

Llegué a Boa Vista sin un real en el bolsillo, a las 5 de la mañana. Al sentarme en una de las bancas me quedé dormido hasta que la luz del día me despertó. Boa Vista ya no está en medio de la selva amazónica, está ubicada dentro de una planicie verde interminable, y un poco mas al norte el Roraima, un pico de 4500 ó 5000 metros que establece la frontera natural entre Brasil y Venezuela.

Caminé desde la Rodoviaria hasta el centro de la ciudad nuevamente bajo un sol abrasador. Aquella ciudad era destestablemente funcional, con largas avenidas y nadie caminando por las calles. Al llegar al centro todavía todo estaba cerrado, incluyendo las joyerías y las casas de cambio, los únicos establecimientos en los que se podía comprar reales. Me moría de hambre y para distraerme mientras tanto fui a pasear por el malecón del Río Branco. Creo que fue uno de los lugares que más me gustó de este viaje.

Desde aquel malecón no sólo se podía ver al apacible Río Branco fluir por debajo del puente que algunas horas mas tarde cruzaría rumbo a Venezuela, sino que gran parte de la región del Roraima se dejaba querer desde ahí.

Finalmente cambié un poco de plata y decidí darme un par de gustitos. El primero, tomar desayuno en una panadería que había podido oler desde cuadras atrás. Un café con leche y unas tostadas con mantequilla y mermelada me sentaron muy bien. El segundo, un hotelito con vista al Río Branco, felizmente no tan caro y realmente muy bonito.

Después de comerme los frijoles con farinha y salchichas que Armando puso en mi mochila fuí nuevamente a la rodoviaria, llegué empapado en sudor a comprar mi boleto en bus para Santa Elena de Uairen en Venezuela al día siguiente.

Aquella fue una de las pocas noches que realmente pude dormir bien, arrullado por el ruido de las aguas del Río Branco filtrándose por mi ventana de la mano de una brisa fresca.

Gabriel Arriarán
gabrielarriaran@yahoo.com