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" En Manaos "
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A las 7 de la mañana por fin pude ver a lo lejos la ciudad de Manaos mientras el "Cidade de Jerusalem" se aproximaba lentamente y sus pasajeros ordenaban sus bártulos y recogían sus hamacas preparándose para desembarcar.
Mientras navegábamos entre las aguas que no se mezclan del Río Negro y del Río Amazonas, formando una línea casi perfecta que lo dividía en un parte negra y otra marrón, pude ver a Manaos más de cerca y con mayor detalle. Definitivamente no era como me la imaginaba (algo así como Iquitos, un poco más grande que Pucallpa). Era una megápolis en medio de la llanura amazónica con más de 4 millones de habitantes y varios rascacielos. No pude mas que pensar, "¡mierda!", sintiéndome absolutamente insignificante todavía sin salir de mi asombro. Había planeado dormir en la "Rodoviaria" por un par de días, pero no tenía idea de cómo iba a encontrarla, ni en donde podría encontrar un hotel barato, ni siquiera sabía que cosa iba a hacer después de bajar del "Cidade de Jerusalem". Estaba petrificado y al mismo tiempo eufórico, sintiéndome tan pequeño en un mundo tan grande y en el que existen infinitas cosas nuevas por conocer. En ese momento la vida se me presentaba tal como era sin ningún tapujo, conchuda y desnuda, como una fuente ilimitada de posibilidades frente a la cual el hombre está indefenso y temeroso por no poder estar nunca seguro de lo que pasará al minuto siguiente... y sin embargo continúa hacia adelante tercamente. Cada simple paso que damos es un acto de fe, fe en que no nos atropellará una combi saliendo de nuestras casas, fe para soñar o para enamorarnos aún sabiendo que en cualquier momento ahí quedas o te rompen el corazón. Todo eso no nos importa, tanto así que ni siquiera pensamos en ello cotidianamente y tenemos que vivir situaciones como esta para darnos cuenta. Y nuevamente la Providencia me sonrió, y ahora que lo pienso mientras escribo esto, nunca dejó de sonreírme. Armando Cárdenas, gordo bigotón bonachón, me dice: "vente conmigo a la casa", y nuevamente podía ver como la vida se me exhibía descaradamente; en menos de cinco minutos y sin mover un dedo mi situación giró 180 grados. Nos bajamos en el puerto e inmediatamente tomamos un taxi hacia la Av. Itaúba (Jorge Teixiera 2da etapa, todavía me acuerdo la dirección), en la parte pobre de Manaos. La ciudad tenía un ritmo impresionante, autos y gente por doquier, carreteras y vías rápidas a 40 grados de temperatura y 100% de humedad, una selva de cemento dentro de otra de árboles y monos.
Después de bañarme en el patio trasero de la casa de Armando, bajo el calcinante sol brasileño, salimos nuevamente hacia el centro de la ciudad. Él para recoger no sé que cosa que se olvidó en el barco y yo para tramitar mi visa para Venezuela en el consulado y a vacunarme contra la fiebre amarilla en un hospital.
Me despertó un chaparrón a las 6 de la mañana, aquel día tenía varias cosas que hacer y prácticamente no podía pararme por el dolor en los pies. Nuevamente en el centro de Manaos se desató otra tormenta; al llegar al Consulado de Venezuela, empapado de pies a cabeza, descalzo y con una sandalia vieja en cada mano, por poco y no me dejan entrar y me tiran monedas.
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