Perú Azul
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recorriendo el amazonas con gabriel


" Cidade de Jerusalem "

Habían veces que las horas o incluso los días pasaban desesperadamente lentos en el "Cidade de Jerusalem". Pocas cosas que hacer, luego de conocer a casi todos los pasajeros y tripulantes o de terminar lo poco que había para leer.

Los amaneceres, los atardeceres, un río gigantesco y las dos lejanas y verdes orillas eran a veces el conjunto entero de la rutina visual. La cosa se ponía más interesante al acercarnos a las orillas o cuando llegábamos a algún pueblito o cuando ocasionalmente podíamos ver alguno que otro halcón o delfín rosado.

La seguidilla de pueblitos se sucedía lentamente después de Benjamin Constant; San Antonio Içá, Sao Paulo de Olivença, Amaturá, Coadí, Fonte Boa, mientras los pasajeros dormían plácidamente en sus hamacas. El "Cidade Jerusalem" era relativamente cómodo y limpio, pocas hamacas, no muchas personas, buena comida, comparado con las motonaves en el Perú, un trasatlántico. En la parte de arriba había un quiosco que por las noches funcionaba como bar y donde podías subir a tomarte unas chelas con los amigos o a enamorar a las brasileñas, o las dos cosas al mismo tiempo.

Una noche como a las tres de la mañana me desperté por la bulla que había, el "Cidade de Jerusalem" no se movía, toda la gente estaba despierta y una tormenta fortísima se había desatado. En eso subieron varios hombres de chaleco naranja (no, no eran 'Fujimori boys'); era la policía federal brasileña. Uno de ellos me pidió el pasaporte y luego desapareció como por media hora.

Mientras revisaban las maletas una por una sacando todo lo que había adentro, yo seguía buscando a este tipo con mi pasaporte y no lo encontraba por ninguna parte. Que tonto, me decía a mí mismo, me pidió el pasaporte y se lo di, no me dijo nada mas y se fue. Pronto llegaron a mi mochila, y ni el federal ni el pasaporte aparecían por ninguna parte. Estaba nerviosísimo, toda mi ropa regada por el suelo, la tormenta e indocumentado, era una sensación bastante extraña, como estar calato en medio de la calle. Mientras recogía mis trapos por fin llegaron el federal y el pasaporte, igual que como se habían ido, sin decir una sola palabra. Para cuando terminé de meter mis cosas a la mochila ya casi había amanecido. La señora que había colgado su hamaca al lado de la mía al parecer se apiadó de mí y me adoptó por el resto del viaje. Su nombre era María de Oliveira, tenía un poco mas de 60 años y el espíritu de una chiquilla.

Ese día, malhumorado por la falta de sueño, el episodio de la madrugada y el hambre, veía como los brasileños empezaban una juerguita, con el ceño fruncido y regañando no sé que cosa. Uno de ellos además se le ocurrió empezar a vacilarme: "espanhol, portugeis mal falado", me decía, aunque sin las faltas ortográficas. Armando Cárdenas, al que conocí en Tabatinga, también se burlaba de mi mal humor y cuando ya empezaba a pensar "y estos cuando se aburren de joderme", un tipo chiquito y con pocos dientes en la boca empezó a producir un ritmo que pronto empezó a contagiarnos a todos, tan solo con dos palitos.

En un abrir y cerrar de ojos, el "Cidade de Jerusalem" ya era un carnaval, el malhumor empezaba a disiparse, me sentía medio huevón con el ceño fruncido y riéndome por dentro, el mal humor ya lo fingía. Sólo necesitaba un poquito más para olvidarme todo, el hambre, el sueño y el malhumor, y fue cuando la Sra. María me sacó a bailar, al principio dudé, pues bailo realmente mal, y samba aun peor. Pero la alegría de los alrededores era tan grande que seguramente a nadie le importaría como bailaba.

Ya había pasado la hora del almuerzo y a nadie le importó, todos tomaban cerveza o se turnaban para tocar los palitos o bailaban. Yo me sentía muy cansado, estaba a punto de quedarme dormido cuando vi algo que me pareció increíble. El "Cidade de Jerusalem" navegaba muy cerca de una de las orillas, pues seguramente tomaría uno de los afluentes para cargar y descargar en algún pueblo.

Sentado muy cerca a la proa en la cubierta de arriba veo que justo enfrente aparecía un banco de arena, hacia el lado del afluente un pequeño canal y hacia el otro el río Amazonas, la embarcación tomó el canal chiquitito y no me cabía en la cabeza como podía flotar por allí si con las justas entraba el ancho del barco en el canal.

Al día siguiente llegamos a Amaturá, qué pueblito para más lindo, creo que fue lo mejor entre Tabatinga y Manaos, lleno de construcciones coloniales y una escalerita coquetona que te guiaba directamente hacia la iglesia desde el río. Me sentía en casa, el sol hacía que las paredes se vieran aun más blancas de lo que eran, el trato de la gente muy amable, en fin me quedé enamorado del pueblito, tanto así que estuve tentado a quedarme ahí por unos días, pero la realidad, eso contra lo cual siempre me estrello, me dijo, tienes poca plata y si te quedas gastarás mas de lo que tienes.

De nuevo, no había otra alternativa, seguir adelante.

Gabriel Arriarán
gabrielarriaran@yahoo.com