|
" Navegando por el Amazonas "
(4ta. parte) - Apostando alto - |
|||||||||||||
Aprender a leerlo es un talento que todos los seres humanos tenemos escondido en alguna parte de nuestros corazones y para encontrarlo y dejar que fluya libremente tenemos que demoler las paredes que solemos levantar alrededor de nuestro corazón para no escucharlo, abrirlo hasta que por fin no existan límites entre nosotros y lo que nos rodea y sentir que formamos parte de este misterio llamado Creación y entender que en el lugar más profundo de nuestras almas se encuentra la inocencia. Pero para llegar hasta allí tenemos que correr un riesgo, dar un salto de fe, un paso hacia lo desconocido. Y eso muchas veces nos aterra y el miedo finalmente congela nuestra voluntad.
Esly me llevó en su motocicleta bajo un calor sofocante al puerto, para hablar con el patrón del "Cidade de Jerusalem" que me llevaría a Manaos, y pedirle una rebaja. Finalmente aceptó pero el "Cidade de Jerusalem" salía recién al día siguiente por la tarde, no quedaba mas remedio que esperar dos días y mientras tanto salir a pasear por el pueblo, lidiando con el fastidio de marras y buscando un teléfono para llamar a Lima. Me dí una buena ducha en el barco y salí a caminar, era ya pasado el medio día y felizmente no hacía tanto calor como un par de horas atrás. Me compré un "pincho", una especie de anticucho con un par de variedades de carne y una o dos cebollas insertas en un palito, junto con un jugo de no me acuerdo que fruta. Tabatinga es un pueblo con una gran avenida para muy pocos autos, que la divide en dos, y que si la sigues hacia un lado te lleva a ninguna parte y hacia el otro hacia Leticia en Colombia. La recorrí entera y entré a Leticia, un pueblo con más movimiento que Tabatinga, más comercio y más tiendas y más colorido. No quedó un solo rincón de Leticia ni de Tabatinga que no conociera, pasé dos días mas aburridos que escuchar un campeonato de pesca por radio. El "Cidade de Jerusalem" zarpaba a las 3 de la tarde y durante el almuerzo que sirvieron en el barco conocí a Armando Cárdenas, todo un personaje, gordo medio negro, bigotes espesos y risa fácil. De nuevo en el río la angustia que había sentido al pisar Tabatinga empezó a hacerse cada vez mas aguda hasta que la relación conmigo mismo se hizo insoportable. Al anochecer llegamos a Benjamin Constant, un pueblito simpaticón, y para variar el atardecer era espectacular. Paseando por ahí encontré un puestito en el mercado en el que me senté a comer "feijoada", frijoles con arroz y farinha, una especie de harina de yuca amarilla tostada, no sabía nada mal.
No entendía nada, ?qué hacía allí?, ?cómo había llegado?, ?por qué?. Nunca me sentí tan solo ni tan asustado, la idea de regresar por el mismo sitio cruzó muchas veces mi cabeza, ?por qué no acababa con todo esto de una vez?. Total qué sentido tenía. Pensaba en eso mientras una voz me decía, si regresas y te acobardas nunca te lo perdonarás, no sabía que hacer cuando escuché otra voz, esta si era real, y me decía "ya deja las preocupaciones para mañana, mañana será otro día", en un portugués que esta vez entendí perfectamente, mientras ponía un par de Skolls sobre la mesa.
|